sábado, 16 de noviembre de 2013

HOMENAJE A LA Dra. PENÉLOPE STAVRIANOPOULOU

PRESENTACIÓN DEL Nº 20 DE

 ΠΙΟ ΚΟΝΤΑ ΣΤΗΝ ΕΛΛΑΔΑ



     El pasado viernes, 15 de noviembre de 2013, en el Salón de Grados de la Facultad de Letras de la Universidad Complutense de Madrid, con ocasión de la presentación del último número de la revista de literatura neohelénica Pió kondá stin Ellada (Más cerca de Grecia), se celebró un homenaje a la magnífica profesora y amiga Penélope Stvrianopulu, con motivo de su cercana jubilación, ante la presencia del embajador griego, el embajador de Chipre, el decano de la Facultad y el jefe del departamento de griego.
    En el curso de dicho acto, como integrante del consejo de redacción de dicha revista durante más de quince años, pronuncié un breve discurso, en el que hice una semblanza de lo que dicha mujer ha significado para mí y para el estudio y difusión del griego moderno y su cultura en nuestro país.


   He aquí el texto leído, que quiero compartir en su honor, con mi más profundo afecto:


PRESENTACIÓN DEL Nº 20 DE ΠΙΟ ΚΟΝΤΑ ΣΤΗΝ ΕΛΛΑΔΑ

     Mi primer contacto personal con el mundo griego fue a una edad relativamente temprana. Tendría yo doce o trece años cuando cayeron en mis manos unos fascículos de mitología. En la España monocroma y pudibunda de los primeros setenta, aquellas imágenes luminosas, aquellos símbolos vitalistas y complejos, la plasticidad de aquellos relatos humanos, demasiado humanos, me abrieron a una realidad interior silenciada por las circunstancias políticas y sociales.
     Simultáneamente con el despertar a la fecunda imaginería de la mitología griega, arraigó en mí la pasión por el teatro. Y, entre las muchas obras adquiridas en ferias de segunda mano, dio la casualidad de que una de ellas fuera un volumen con las siete tragedias de Sófocles: Edipo apostando por la verdad incluso contra sí mismo, la ambigua y desgarrada locura de amor de Deyanira, el compromiso de Antígona, el desvarío de Ayax y su grandeza en el suicidio. La profunda verdad de estos personajes liberaba las estrechas ataduras de una moral religiosa impuesta por la fuerza.
    También como el que no quiere la cosa, una lectura circunstancial del Banquete de Platón afianzó mi propia identidad en el complejo entramado de la adolescencia. No pasaría mucho tiempo antes de que un vendedor ambulante endosara a mis padres una colección de obras maestras de la literatura universal. Casi todas ellas eran novelas juveniles que no hicieron mella alguna en mi temperamento. Sin embargo, en medio de todas, la historia de aquel guerrero que, enfurruñado contra Agamenón por un agravio, decide retirarse de la lucha y sólo volverá a tomar las armas para vengar la muerte de su amigo y compañero, con toda la crueldad de la desesperación, me reveló el camino hacia una madurez desnuda de mojigaterías moralizantes. Allí descubriría héroes auténticos, que aman y lloran, frente a un mundo, el mío, en el que los hombres entonces no lloraban; héroes capaces de unir sus lágrimas a las lágrimas de su enemigo, aceptando así, por encima de fronteras y creencias, la hermandad universal en el dolor y en las miserias de la existencia. Grecia era un país ideal, el país de una humanidad contradictoria e impetuosa, que absorbía la vida por todos los poros al tiempo que aceptaba con dignidad trágica el hecho incuestionable de la propia muerte.

          Entretanto, me había llegado la edad de elegir. Y opté por Letras, con latín y griego en lugar de física y matemáticas. Aquel griego, sin embargo, más allá de esa hermosa grafía, mucho más delicada que la latina, eran declinaciones y verbos polirrizos, de carrerilla, a golpe de palmeta. Todo lo más, la aburrida anécdota de unos soldados mercenarios en tierras pesas, quienes, derrotados, tienen que pasar diversas penalidades para regresar a casa bajo la dirección de un tal Jenofonte. De curso en curso, entre rosario y rosario, la misma cantilena una y otra vez, y así hasta acabar el colegio.
     En casa no pudieron costearme la estancia en Madrid para estudiar cine o teatro, así que me matriculé en Filología. El griego universitario siguieron siendo laringales, aoristos atemáticos, más Jenofonte, siempre Jenofonte, algo de Platón de vez en cuando, sintaxis del participio, indoeuropeo... En fin, una exploración arqueológica a las entrañas de una civilización y una lengua. Una momia dormida en las cenizas del pasado. Como si esa momia, hermosa e iridiscente, pudiera desvanecerse de ser sacada a la luz. No había forma de reavivar aquellos vestigios admirados, nunca vividos. Porque Grecia, efectivamente, había muerto en la batalla de Queronea. Esa era la versión oficial. El pueblo griego se había hecho el harakiri durante la larga decadencia helenística, que ni siquiera merecía una reseña. Con la ayuda del Bailly, desmenuzábamos el armazón de aquellas palabras muertas, dejando en aquellos análisis que el espíritu de la letra se agostara en el rancio aroma de lo exánime.
     ¿Dónde quedaba ese otro universo descubierto a lo largo de mi adolescencia como una fuente vital de conocimiento y experiencia? En el ámbito de lo personal, la antigua Hélade seguía siendo un referente incuestionable, ajeno a las obligaciones académicas. Al formas un grupo de teatro universitario, ¿qué obra iba a ser la elegida? ¿Qué mejor en aquel momento de tímida apertura democrática que un buen Aristófanes? Su saludable desvergüenza, la jacarandosa libertad de Las Asambleístas respondía con tanta naturalidad a nuestras ansias de respirar un aire más puro, menos acartonado, menos represivo. La textura de la propia obra nos invitaba a una libertad creativa que nos hizo transformarla en un ambicioso musical, tan ambicioso que nunca pudo pasar de proyecto. Sí, aunque muerta, Grecia seguía mostrándome caminos nuevos para transitar el día a día.
     La lectura de Lawrence Durrell y de Marguerite Yourcenar me brindó la oportunidad de conocer a Kavafis a través de sus ojos sin prejuicios. En mi última adolescencia, las palabras del poeta, palabras de amores sin nombre y de antiguos imperios desmoronándose, limpiaron de telarañas los sótanos de mi conciencia. Pero Kavafis, vislumbrado a través de otras culturas europeas, era una isla aislada no sólo en la Alejandría moderna sino también en medio de una Grecia que, para gran parte de Occidente, había muerto allá por el trescientos y pico antes de Cristo.
     Y al obtener la licenciatura, bien aconsejado por uno de mis profesores que más respeto y afecto me han merecido, el Dr. José Luis Calvo, el único que me dio la oportunidad de trabajar los textos de Sófocles y de Homero como un auténtico humanista, el mismo que me ofreció la dicha de conocer el epigrama helenístico y la belleza inigualable y terrenal de Teócrito en trabajos de postgrado, me enfrasqué en el hermetismo de preparar oposiciones a instituto. Entre tema y tema, llegó a mis oídos que había recalado por allí un griego auténtico, un griego actual, que impartía clases de griego moderno en la facultad. Luego eso quería decir que Grecia existía, seguía existiendo. ¿Qué era eso? ¿Había renacido? ¿Había resurgido de la nada? El interés que despertó en mí la noticia sólo es comparable al anuncio de que la persona amada está al otro lado de la puerta.
     Demasiado tardo, sin embargo. Pues ya preparaba yo las maletas para marchar unos años por tierras de Almería como profesor de griego antiguo, una de las dos lenguas muertas del currículum, unos años en los que, alejado de círculos académicos, siempre con mi Teócrito bajo el brazo, iba a aprender eso tan complejo que es enseñar, iba a aprender a ser hombre.
     Y de un pueblo almeriense pegué el salto a Madrid, donde cumplí el viejo sueño de estudiar cámara cinematográfica e interpretación escénica. Circunstancias de la vida, tanto el teatro como el griego seguían circunscritos exclusivamente a mi ámbito laboral. Pero, mira por dónde, un día llega al instituto información sobre un curso para profesores, esos cursillos rutinarios que te ves en la obligación de realizar para que te reconozcan cada sexenio, pero éste era un cursillo de iniciación al griego moderno. Acudí nervioso, anhelante, como un párvulo el primer día de colegio. Y allí encontré a una mujer excepcional, Penélope, que desde entonces ha sido una segunda madre no sólo para mí, porque si la primera madre me dio la leche de la vida, ella nos ha dado la leche nutricia de una pasión intelectual ilimitada.
     Penélope jamás nos habló de aoristos atemáticos ni de laringales. Nos dijo:  Γειά σας. Μιλάμε μόνο ελληνικά, así directamente. Directamente, sin preámbulos, la lengua que durante tanto tiempo se habían empeñado en enterrar hablaba la cotidianidad del mundo en boca de mi maestras; cantaba por boca de Elefthería Arvanitaki un desolado μένω εκτώς como voz universal del exilio; traducía al idioma de Orfeo la terrible belleza del Αρνηση de Seferis, en boca de Nena Venetsanou; se deleitaba en los acentos luminosos de un poema de Elytis. La generosa entrega de Penélope, su pasión por la cultura nos arrastraba a una odisea vital en la que resultó apasionante embarcarse.
     Ella hizo de este recinto universitario un segundo hogar, porque si en el hogar personal es donde tomamos el alimento físico, aquí, bajo los techos de la Complutense, compartimos ese otro alimento tan o más necesario. Bajo su guía infatigable, descubríamos que la antigua golondrina que acompañaba a los niños de Rodas en su cuestación de primavera sigue revoloteando en la lírica popular neogriega, que los hermosos coros danzantes de la antigua cerámica ateniense siguen moviéndose con extática serenidad en el rico folclore contemporáneo, que la mirada fragmentaria y temporal del cineasta Angelopoulos tiene su correlato en el forjador de la nueva lengua literaria helénica, Solomós, que el exilio interior de Ulises perdura en el exilio existencial de Seferis, que la culpa de Orestes es la culpa de toda nuestra sociedad contemporánea según La cuarta dimensión de Ritsos, que las raíces de la Grecia contemporánea son profundas y de ellas se nutre y se renueva una lengua que es lengua viva. No, no ha habido hiato, si acaso olvido, olvido interesado, como todos los olvidos impuestos por la sinrazón de los dueños de la razón.
     Fruto de aquel apasionado descubrimiento, fueron surgiendo, con más tesón y voluntad que medios, primero unos cuadernillos que recogiesen y divulgasen ese tesoro de la humanidad, unos cuadernillos que nos acercasen esa Grecia a la que, por razones históricas o socioculturales, tradicionalmente hemos dado la espalda. ¿Cómo iban a llamarse esos cuadernillos sino Más cerca de Grecia, Πιό κοντά στην Ελλάδα?
     Y lo que comenzaron siendo humildes fascículos fotocopiados, pronto fueron creciendo hasta convertirse en una auténtica revista universitaria y posteriormente números monográficos de considerable extensión. La incansable entrega de Penélope, su afectuoso compañerismo incluso cuando se ponía el tricornio, su voluntad para vencer las dificultades nos hacían dar lo mejor de nosotros de manera incondicional. El trabajo era duro; la satisfacción personal, proporcional a la energía y al entusiasmo empleados.
     El último tomo en ver la luz, este Πιό κοντά στην Ελλάδα que hoy nos congrega, el que hace el número 20, compendia ese trabajo desinteresado al que ha sabido arrastrarnos a tantos de sus amigos y compañeros.


     Pero el amor de Penélope a su propia cultura no podía detenerse ahí. Había que acercar aún más ese universo vivo en cuya voz resuena el timbre de un mundo más humano. Un día decidió subirnos al escenario, a este mismo atril de la Complutense, para encarnar los versos más hermosos de la literatura griega contemporánea. Poseídos por la locura poética, nos esforzamos en un ejercicio de humilde hermenéutica de esos mismos autores en los que íbamos trabajando. Pero también se nos quedaba igualmente corto, queríamos ir más allá. ¿Por qué no poner música a esas voces únicas de la poesía neohelénica, tal como las habían imaginado compositores como Jatzidakis, Theodorakis, Markópoulos, Mikroútsikos, y un largo etcétera?
     Esa fusión de recital poético y musical comenzó igual que la revista, con medios modestos y más empeño que pericia. Pero poco a poco se nos fueron uniendo amigos igualmente enamorados de la cultura griega, amigos con conocimientos musicales cada vez más amplios, que nos dieron la oportunidad de acometer empresas cada vez más audaces, quizás temerarias.
     El trabajo fue duro, no exento de conflictos lógicos en todo proceso creativo, trabajo en armonía a veces, otras acendrado por la tensión de dar voz a la expresión personal, pero siempre auspiciado, impulsado y amamantado por la generosa perseverancia de Penélope.
     Y, de este modo, corría el centenario del nacimiento de Lorca y el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, traducido por Gatsos y puesto en música por Xarhakos, arrastró su voz herida, peldaño a peldaño, entre las mismas butacas de este aula magna. Luego forzaríamos nuestros modestos recursos para alzar, en esta misma sala, esa filigrana arquitectónica de poesía y música que es el Αξιον εστί de Elytis, orquestado por Theodorakis. Puede que con ingenua osadía, intentamos fundir en un todo el poema dramático de Sikelianós El ditirambo de la rosa con La liturgia de Orfeo, del compositor griego Yannis Markópoulos; fue hermoso, la antigua lira del cantor tracio revivía para traernos, con la fragancia de una rosa, el sentido último de la vida, trascendida por el conocimiento de la muerte. En homenaje a Seferis, de nuevo la música de Theodorakis dio aliento a sus palabras sencillas y profundas. Karyotakis nos ofreció el sarcasmo para enfrentarnos a la terrible conciencia de la muerte y a la estupidez humana. Tampoco faltó Ritsos a nuestra cita. Dos monólogos de su libro La cuarta dimensión, Orestes y Ayax, buscaron en la música el hilo conductor de ese laberinto verbal donde habita el minotauro que todos llevamos dentro.
     Poesía y música, en respetuoso y feliz maridaje, nos han dado la oportunidad de respirar aquí mismo, por unos momentos, ese aire marino de cuyas entrañas brotó la isla de Elytis y la Afrodita resurgente de Seferis.
     
     Pocos trabajos me han hecho más feliz, y más consciente del valor de una cultura viva. Y no exagero si digo que todos hemos ganado en afecto, humanismo y sabiduría de la mano de esta magnífica mujer, maestra y amiga, a la que sólo puedo decir, con el corazón en la mano:

     Ευχαριστώ, Πόπη. Πολλά φιλάκια και τήν αγάπη μας, γιά πάντα.


viernes, 12 de julio de 2013

CORTAD LA LENGUA A FILOMELA

Secuencia en la que un policía dispara gases lacrimógenos contra una mujer en la Plaza Taksim. REUTERS
Secuencia en la que un policía dispara gases lacrimógenos contra una mujer en la  Plaza Taksim. REUTERS



   Las bodas de la princesa Procne y del tracio Tereo fueron una cuestión de Estado, el sello de una alianza entre poderosos.


   El padre de la novia, Pandión, rey de Atenas, provocó una guerra absurda con el vecino rey tebano, Lábdaco. La incompetencia de uno y otro para resolver un simple conflicto fronterizo por vía diplomática, la desmedida ambición de ambos sumieron a sus respectivos pueblos en una guerra suicida. Atenienses y tebanos se vieron arrastrados a las armas. El equilibrio de fuerzas extremaba la crueldad de la contienda, convirtiéndola en una sangrienta carnicería. Lábdaco y Pandión apuntalaban sus respectivas coronas sobre un túmulo de cadáveres que de día en día iba en aumento, condenando a sus súbditos a un sufrimiento inútil, impotente.

   Lábdaco era antojadizo y voluble, supersticioso e inseguro. Incluso dudaba de la legitimidad de sus propias reclamaciones territoriales. Pero echar marcha atrás ¿no supondría una muestra de debilidad? ¿No buscaban precisamente su derrocamiento y ruina aquellos consejeros que invocaban prudencia y un pacto de honor con el enemigo? Sus aprensiones y su enfermiza desconfianza hacia todo y hacia todos lo inducían a sospechar de cualquier consejo, a rechazar cualquier alternativa, a condenar como traición el más simple cuestionamiento de sus improvisadas decisiones. Intuyendo enemigos y confabulaciones hasta debajo de las piedras, creía ver la mano de la intriga en los gritos de dolor de huérfanos y viudas, negándose a poner fin mediante acuerdos a la barbarie bélica, mientras los ciudadanos, desesperados, veían caer bajo las armas a sus mejores hombres, flores de juventud segadas por el aliento frío de la guerra. Veían sus cosechas arrasadas por el fuego enemigo, el presente arruinado, el futuro comprometido por la insaciable voracidad de los poderosos.

   Pandión sabía que la fuerza armamentística ateniense, frente al poderoso aparato militar tebano, no lograría compensar su inferioridad numérica. Pero no iba a permitir que se cuestionara su hegemonía en la zona y arrostró la contienda más por soberbia que por los hipotéticos beneficios que el pobre trozo de tierra reclamado pudiera reportar a la ciudad. Tras semanas de combates, las posiciones se mantenían estables entre ambas monarquías en pugna, a costa de las innumerables víctimas que de día en día se iban multiplicando, miserablemente sacrificadas en el altar de la ambición personal.




   Cuando he aquí que, por la corte ateniense, pasó en comitiva el joven príncipe tracio Tereo, tan hermoso y corpulento como el propio Ares, el brutal dios de la guerra. Tracia era una región semisalvaje, de costumbres ancestrales y sanguinarias, de hombres rudos e irreflexivos, hechos a una obediencia ciega, inhumana, cubiertos con pieles de animales, allá en los bosques de las frías regiones del norte. A cambio de apoyo militar, en su aspiración al trono de Tracia, Tereo ofreció a Pandión el concurso de sus sanguinarios soldados para imponer un giro radical a la contienda entre el soberano ateniense y Lábdaco, rey de Tebas. Con tales refuerzos, la derrota tebana fue incontestable; la claudicación del monarca enemigo, deshonrosa; las condiciones de la rendición, humillantes. Pandión exultó victorioso con el boato de un dios olímpico. Le convenía la alianza con el príncipe semibárbaro. Su fuerza de choque podría ser en el futuro un aval para su propio estatus soberano y sus secretas aspiraciones expansionistas. No dudó en entregarle a su hija Procne en calidad de esposa, como sello y garantía de un pacto entre poderosos.


   Y allá que marchó la joven Procne, víctima de unas nupcias concertadas sin su concurso, instrumento de la ambición masculina, a aquellas regiones de duros hielos en invierno, abrasadores mediodías en verano y furiosos vientos otoñales, de amaneceres fríos y brumosos y crepúsculos húmedos e inquietantes, tierra de guerreros que nada sabían de sensibilidad ni de delicadeza, menos aún de los dones de la cultura, lejos de sus doncellas y amigas, lejos, sobre todo, de su hermana y confidente, la dulce Filomela.


   Ni las evocadoras melodías de los flautistas atenienses que la acompañaron hasta el gélido norte ni la propia maternidad lograban arrancar a Procne de su melancolía ensimismada, que poco a poco iba envenenando su ánimo y consumiendo sus energías. El interés de su esposo por favoritas, de continuo renovadas, y su pasión por intrigas que afianzasen su hegemonía tampoco ayudaban a Procne a aliviar los rigores de la soledad. Incómodo con los suspiros y el demacrado semblante de su mujer, el propio Tereo se ofreció a fletar y dirigir en persona una expedición a Atenas para traer en comitiva a la princesa Filomela, como consuelo y compañía para su hermana Procne.


   Entretanto, la desgarbada adolescente que Tereo conoció en otro tiempo bajo los cielos color violeta del Ática se había convertido en una joven de deslumbrante belleza y encantadora espontaneidad. El anuncio del viaje para reunirse con su hermana Procne encendió su rostro de entusiasmo, iluminó su mirada con límpidos destellos.
   
   Qué hermosa se la veía en cubierta, surcando las aguas del Egeo, en ruta hacia la misteriosa Tracia. La brisa del mar adhería los finos ropajes a su cuerpo, moldeando las formas divinas de la juventud. Desde la proa, Filomela auscultaba en las brumas del horizonte la bienvenida de su añorada hermana. Tereo, a sus espaldas, sólo tenía ojos para la adorable cuñada. No veía en ella un familiar a quien proteger, veía el fruto prohibido. Tres veces le insinuó su imperioso apetito, otras tantas rió Filomela, tomándolo a broma y galantería. El júbilo por el inminente reencuentro le empañaba los ojos para reconocer en las atenciones del hombre la lascivia irracional del macho.

   Arribaron a Tracia un amanecer anubarrado y ventoso. Desde la bocana del puerto, Filomela buscaba a su hermana entre el rutinario ajetreo de marineros y estibadores, sin comprender que una mujer casada debe permanecer en el interior de sus habitaciones, no dejarse ver por otros ojos que los de su hombre. Preguntó a Tereo en cuál de aquellas rústicas construcciones que enmarcaban el fondeadero vivía su hermana. El soberano soltó una carcajada antes de responderle que el palacio distaba un día de camino y su magnificencia no admitía comparación con ninguna de aquellas miserables casuchas.

   La candidez de Filomela la hacía aún más irresistible al apasionado celo del rey tracio. Tereo miraba a la muchacha y sentía una sed abrasadora que todas las nieves del Olimpo no podrían calmar. Sentía su cuerpo sacudido por un terremoto volcánico. Quedaban pocas horas antes de que las hermanas se reunieran. Entonces le sería más complicado satisfacer su imperioso apetito. Ordenó a sus hombres que partieran hacia la ciudadela a toda marcha, para anunciar su llegada y organizar los preparativos del recibimiento. Él iría detrás, compartiendo montura con la joven, más despacio para no causar incomodidades a cuerpo tan delicado. Filomela protestó, impaciente por reunirse con su hermana. Tereo escuchó sus protestas como canto de ruiseñor, encandilado pero renuente.

   Juntos cabalgaron sobre un mismo corcel por caminos solitarios. El aliento de la muchacha era un veneno al rojo derramándose por las recias espaldas masculinas. Le decía que se agarrara a él, nos fuese a caer de la montura. Y ella se reía como de una broma. Aquella risa repercutía en los vehementes latidos de la carne, haciéndole perder el entendimiento. Tereo deseaba a su cuñada y, más habituado a dar órdenes que a hacerse amar y respetar, sufría aquel deseo imposible de satisfacer.

   Al adentrarse en una garganta aislada y poco transitada, entre rocas y gruesos troncos de pinos, frenó el caballo y descabalgó de un brinco. Le ordenó a Filomela que hiciese lo mismo, para descansar un rato y beber agua de un pequeño manantial entre arbustos. Ella, impaciente por llegar cuanto antes, protestó diciendo que no estaba cansada. Pero él desoyó sus protestas. Estaba irascible, contra sí mismo y contra su hermosa cuñada, con una ira que violentaba sus pensamientos.

   Agarrándola de un brazo, Tereo la derribó de la cabalgadura. La veía por el suelo, desconcertada, más apetecible que nunca. Se le echó encima, sin dar ocasión a que ella reaccionara. Le desgarró las ropas. Mordió sus pechos. Cerró los gritos de Filomela con su propia boca, ávida de aquella otra, de su saliva, de su aliento. La penetró con salvajes acometidas, fuera de sí, rabioso como una maldición de la naturaleza. Sólo cuando su apetito se hubo saciado, vio en los ojos de Filomela el espanto, la vergüenza, el terror. Pero no sentía remordimiento. Aquel cuerpo sucio, rasguñado, sudoroso, ahora le daba asco.



Violación de Filomela por Tereo,  libro VI, lámina 59. Grabado de Bauer para una edición de 1703 de  Las Metamorfosis de Ovidio


   Con su propia espada, cortó la lengua a la víctima, para que nunca pudiera hablar, borrando así su culpa. Echó aquel cuerpo maltrecho igual que un fardo sobre el caballo y siguió camino hasta unos establos reales, bien lejos de palacio, donde la abandonó como esclava muda, al servicio de su propia intendencia palaciega. Tereo se presentó ante su esposa con las ropas rotas y ensangrentadas de Filomela, atacada por una fiera del monte y públicamente honrada con solemnes pompas fúnebres.

   Pero Filomela, privada del don de la palabra, no se resignó. En el silencio de la noche, fue bordando pacientemente toda su tragedia en un manto; de modo que, al llegar el tiempo de las ofrendas primaverales, cuando la vida se regenera y la naturaleza exalta la fecundidad de la belleza, pudo enviar a palacio, como regalo para su soberana, aquella denuncia pública de la violación de que había sido víctima.
     
   Procne, que había perdido toda ilusión y toda esperanza desde el sepelio de su hermana, reconoció inmediatamente a la autora de aquel bordado. Nadie sabía conferir aquel acabado al dibujo, combinar los colores con tal audacia, expresar con figuras lo que las palabras difícilmente son capaces de revelar en todos sus matices. Procne reconoció en aquella horrible estampa la verdad de la denuncia. Indagó por su cuenta entre los portadores de tal presente. Así supo el paradero de la artífice y las extrañas circunstancias de su existencia. Allí que fue en secreto a reunirse con Filomela. El reencuentro fue tan feliz como doloroso.

   Los cálculos de Tereo para dejar sin voz a Filomela habían fallado. La muchacha había sabido hacerse oír por medios diferentes al que le había sido arrebatado. Ante la omnipotente autoridad del soberano, sin el recurso a la justicia, Procne y Filomela recurrieron a la venganza, al crimen. La arbitrariedad todopoderosa, como el sueño de la razón, engendra monstruos.

   Entre las dos mujeres mataron al hijo de Tereo. ¿Su propia madre?, ¿su tía? Por aquel entonces, los hijos eran considerados obra exclusiva del padre, la madre simple instrumento, tierra donde se depositó la semilla. Una vez troceado y cocinado, lo ofrecieron como manjar al propio Tereo. Cuando éste, satisfecho de su impune supremacía, supo lo que en realidad estaba comiendo, persiguió en el paroxismo de la ira a las dos hermanas, con la intención de matarlas con sus propias manos. Y lo habría hecho, si la oportuna intervención del padre Zeus no hubiese convertido a Procne en golondrina, a Filomela en ruiseñor, eterno cantor de la inocencia mancillada, y a Tereo en vanidosa abubilla.


     Hoy día, desde que la voraz garra neoliberal ha entrado en lucha total y omnímoda por un poder absoluto, con la excusa de una crisis prefabricada, a costa de la totalidad de la población, humillada, violada y deprimida, ésa ha sido la consigna recurrente contra cada voz que intenta hacer de la verdad bandera: Cortad la lengua a Filomela.

   La represión por parte de las aves rapaces del poder adopta múltiples formas, pero todas con un mismo objetivo: sustituir la verdad por el falso silogismo, transformar la justicia en terrorismo institucional, hundirnos a la mayoría, sin voz y sin razones, en la miseria del desahuciado.





   Que los más débiles osan hacer suya la protesta, la voz de la justicia amenaza: Cortad la lengua a Filomela. Contra aquellos barrios donde la protesta adquiere una conciencia ciudadana, rápido: Cortad la lengua a Filomela. Cuando la voz de los sin voz comienza a hacerse un hueco en la conciencia general, ¿qué hacer? Cortad la lengua a Filomela. Cuando ya no quedan razones para la sinrazón del expolio, ¿cómo acallar el bramido del árbol talado? Cortad la lengua a Filomela. Un crimen mundial requiere una respuesta mundial: Cortad la lengua a Filomela. Frente a los testigos insidiosos de la ignominia: Cortad la lengua a Filomela. Qué molesto el fragor de los que no se resignan: Cortad la lengua a Filomela. Aunque la verdad no esté de nuestra parte, puesto que no está de nuestra parte: Cortad la lengua a Filomela. Incluso el color de la esperanza es hoy delictivo: Cortad la lengua a Filomela. Que nadie hable, que nadie diga, que quien nada tiene ya no tenga ni la dignidad de la palabra: Cortad la lengua a Filomela. Cuando la palabra se hace música y la música se desnuda del fasto de los escenarios y de la complacencia del auditorio para hacerse trueno de los silenciados: Cortad la lengua a Filomela. Quien ose contradecir las imposturas, ya lo sabe: Cortad la lengua a Filomela. Y, si la razón no es capaz de darnos la razón a la sinrazón de nuestra rapacidad, no importa: Cortad la lengua a Filomela.

   Filomela sin voz, lengua cortada, ¿seremos capaces de bordar en el recio paño del día a día los nombres de la ignominia y los culpables del crimen? ¿O nos resignaremos a la servil sumisión muda en los arrabales del humillante festín de las rapaces?

   "Nuestra obligación moral es perder el miedo y rebelarnos contra el sistema" (Arcadi Oliveres).

domingo, 24 de marzo de 2013

La mirada de Orfeo

    

   Orfeo era el músico y cantor por excelencia. Cuando tocaba la lira, se dice que todos quedaban embelesados por el poder de sus armonías. En las personas alentaba lo mejor de sí, la naturaleza a su alrededor florecía, aplacaba la salvaje ferocidad de las fieras, incluso despertaba en las piedras el aliento de la vida.

foto: G. Dall'Orto, tomada de wikipedia



     Eurídice fue su gran amor y su tragedia. Al morir ella, perdió todo deseo de vida y no dudó en descender a las regiones de las sombras para rescatarla del olvido de ultratumba. Se nos dice que, con su música, logró  convencer al soberano de los muertos, Hades, para que le concediera una segunda oportunidad. Sí, Eurídice volvería a la vida, pero con una condición: Orfeo no podría mirar a la cara a su amada ni hablarle en tanto no hubiesen abandonado el mundo de los muertos.

   Imaginemos el gozo de la mujer al recuperar el aliento vital y, con él, a su amado Orfeo. Imaginemos la confusión que le provocaría el silencio del hombre, su negativa a mirarla. Imaginemos el desencanto, la imperiosa necesidad de una explicación. Tantos fueron sus ruegos que, a punto ya de abandonar las regiones infernales, Orfeo no pudo resistir más la impotencia y, con un gesto impaciente, alcanzó a mirarla de reojo. Suficiente para que, incumplida la condición impuesta por Hades, Eurídice volviera definitivamente a los brazos de la muerte.
     El significado de esa condición impuesta y de esa última mirada de Orfeo a su amor ha intrigado y conmovido a todas las generaciones. A diferencia de otras mitologías y otras religiones, que imponen una visión concreta y ejemplar del mundo de la muerte, la antigua mitología griega optaba por símbolos abiertos a una interpretación personal. ¿Por qué, sabiendo lo que sabía, Orfeo miró a Eurídice? ¿Debilidad? ¿Impaciencia? ¿Transgresión? ¿El límite ineludible de la condición humana? ¿Qué representa esa última mirada que condenaba definitivamente a su amor, perdido más allá de la muerte?
     Múltiples respuestas han sido dadas a ese interrogante, desde el cinismo misógino de Quevedo hasta la visión ontológica del poeta austrohúngaro Rainer Maria Kilke, pasando por la metafórica interpretación del artista y la juventud del dramaturgo francés Jean Anouilh o el vitalismo social del cineasta francés Marcel Camus. Si, para el poeta renacentista Poliziano, Orfeo suponía el triunfo de la muerte sobre el amor, Monteverdi introdujo en su ópera homónima un final feliz que proclamaba lo contrario, el triunfo del amor sobre la muerte. Amor y muerte son los límites dialécticos de esa última mirada.
     TVE realizó una serie de dramatizaciones de antiguos mitos griegos, entre los que existe una interesante versión del mito de Orfeo. ¿Qué significado aporta al desenlace fatal de esta antigua historia?

     

sábado, 23 de marzo de 2013

PROHIBIDO HONRAR A TUS MUERTOS, ANTÍGONA

PROHIBIDO honrar a tus muertos, Antígona

     Es de sobra conocido cómo el buen Edipo, juicioso y recto dirigente de la ciudad de Tebas, acabó cayendo en el monstruoso destino que le había vaticinado el oráculo de Delfos al intentar huir precisamente de él. Sí, acabó matando a su propio padre cuando éste, de forma anónima, con autoritarismo excluyente, pretendía cerrarle el paso. Acabó casándose con su propia madre, sin saber que lo era, como premio por haber librado a la ciudad de Tebas de la amenaza de la Esfinge. Con ello, se hizo legítimo detentador del trono y ejerció una realeza siempre basada en la justicia y la concordia. Pero lo que nace de un crimen, aunque aspire a lo mejor, lleva ya en sí la gangrena de la corrupción. Y esa corrupción terminó socavando el bienestar de una ciudad que, bajo la prudencia y la ecuanimidad de Edipo, había vivido hasta entonces días de feliz convivencia. Cuando el mal se declaró, fue el propio rey quien insistió en descubrir sus causas, cayera quien cayera. Y, al averiguar que la raíz del mal estaba en él mismo, no dudó en arrancarse los ojos que no habían sabido ver la verdad y abandonar el trono y exiliarse. De sus cuatro hijos, sólo Antígona lo acompañó al exilio. Curioso, ¿no? Estas cosas sólo pasaban en el mundo antiguo. Hoy nos hemos vuelto más remolones con nuestras propias responsabilidades.
     Los dos hijos varones de Edipo no tenían la entereza ética del padre. Etéocles y Polinices eran ambiciosos, los dos tenían ansias de poder, entendían el trono como una catapulta de promoción personal. Consideraban a los habitantes de Tebas no ya como ciudadanos sino como súbditos. Para evitar guerras intestinas, llegaron  a un pacto: ejercer el poder durante un año cada uno, exiliándose el otro durante ese período para no interferir. Curioso paralelismo con las democracias modernas que, sin pactos explícitos, van alternando las dos cabezas de la hidra de un mismo poder que sigue considerando súbditos a sus conciudadanos. El caso es que, pasado un año de gobierno de Etéocles, Polinices reclamó el trono, pero es difícil renunciar al cetro y el hermano se negó a devolvérselo. Viviendo como vivían de espaldas a su pueblo, ninguno de los dos hermanos dudó en llevarlo a una guerra fratricida. La ciudad vivió bajo el terror, vivió bajo una guerra que trocaba la vida en muerte. Y muerte fue lo que encontraron ambos hermanos ante las murallas de Tebas.
     El tío de ambos, Creonte, asumió el trono y, para restablecer el orden en aquella ciudad herida por la avaricia de poder, impuso un régimen autoritario, impuso el silencio, la sumisión. ¿Te suena de algo? Con arbitrariedad partidista, declaró a Etéocles héroe patriótico y a Polinices, traidor y culpable. Amenazó con la cárcel a quien contradijera la versión oficial. Amenazó con el exilio a quien se enfrentara a sus dictados salvadores. Amenazó con la muerte a quien diera sepultura a Polinices, culpable de intentar restablecer la legitimidad con la violencia. ¿Te suena de algo? Sólo Antígona osó desafiar el poder totalitario de su tío y dar a este hermano las honras fúnebres que le eran negadas, mientras se las prodigaba al otro hermano, Etéocles. Con ello se hizo culpable ante las leyes de Creonte y éste no dudó en dejar caer sobre ella todo el peso de sus dictados con intransigencia extrema.

fotografía de Juan Luis Jaén, aparecida en Madridiario.es

    Hoy, cuando vivimos una crisis social extrema que está poniendo a prueba la capacidad de nuestros gobernantes y de las estructuras de poder para buscar soluciones dentro del marco de la legitimidad y la justicia, las Naves del Español del Matadero, en Madrid, nos han vuelto a mostrar la pervivencia de estos mitos antiguos, poniendo en escena un montaje de Antígona, pero no la brillante tragedia de Sófocles, sino la actualización que de ella llevó a cabo el dramaturgo francés Jean Anouilh.
    ¿Nos atreveremos nosotros también a honrar a nuestros propios muertos?


miércoles, 20 de marzo de 2013

¿Han muerto los antiguos dioses griegos?

Los dioses han muerto, proclamó la Sibila. Los mitos han muerto, son lujos anacrónicos en un mundo globalizado y mercantil, proclaman los que quieren hacer de la educación un instrumento de creación de obra de mano barata, irreflexiva y sumisa.
Y a primera vista, obnubilados con el brillo vano de la caja tonta y de la infinidad de inútiles productos que la publicidad nos hace imprescindibles, ¿quién se acuerda de los héroes troyanos o de aquel Saturno que se tragaba a sus propios hijos vivos, o de aquella joven Afrodita que nació cuando los testículos cercenados del dios del cielo fecundaron la espuma del mar? ¿Quién se acuerda de aquella loca de amor, Medea, asesina de sus propios hijos? ¿Quién se acuerda de aquel soberano arrogante y facineroso que emprendió una guerra contra una gran civilización para vengar el rapto de su esposa?
Sí, es cierto. De vez en cuando, la factoría de sueños de Hollywood nos edulcora una de aquellas terribles leyendas y nos la sirve como producto de fácil consumo, simple evasión de usar y tirar.
¿Eso es todo?
Si mantenemos el ojo limpio de prejuicios y el oído atento a los matices de la vida, comprobaremos que Apolo, Dionisos, Poseidón, Aquiles, Heracles, todos ellos viven entre nosotros, bajo diferentes ropajes, bajo apariencias cambiantes, para poner un punto de interrogación en nuestras convicciones y en nuestros sentimientos, para obligarnos a replantearnos a nosotros mismos y el mundo en que vivimos.