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sábado, 16 de noviembre de 2013

HOMENAJE A LA Dra. PENÉLOPE STAVRIANOPOULOU

PRESENTACIÓN DEL Nº 20 DE

 ΠΙΟ ΚΟΝΤΑ ΣΤΗΝ ΕΛΛΑΔΑ



     El pasado viernes, 15 de noviembre de 2013, en el Salón de Grados de la Facultad de Letras de la Universidad Complutense de Madrid, con ocasión de la presentación del último número de la revista de literatura neohelénica Pió kondá stin Ellada (Más cerca de Grecia), se celebró un homenaje a la magnífica profesora y amiga Penélope Stvrianopulu, con motivo de su cercana jubilación, ante la presencia del embajador griego, el embajador de Chipre, el decano de la Facultad y el jefe del departamento de griego.
    En el curso de dicho acto, como integrante del consejo de redacción de dicha revista durante más de quince años, pronuncié un breve discurso, en el que hice una semblanza de lo que dicha mujer ha significado para mí y para el estudio y difusión del griego moderno y su cultura en nuestro país.


   He aquí el texto leído, que quiero compartir en su honor, con mi más profundo afecto:


PRESENTACIÓN DEL Nº 20 DE ΠΙΟ ΚΟΝΤΑ ΣΤΗΝ ΕΛΛΑΔΑ

     Mi primer contacto personal con el mundo griego fue a una edad relativamente temprana. Tendría yo doce o trece años cuando cayeron en mis manos unos fascículos de mitología. En la España monocroma y pudibunda de los primeros setenta, aquellas imágenes luminosas, aquellos símbolos vitalistas y complejos, la plasticidad de aquellos relatos humanos, demasiado humanos, me abrieron a una realidad interior silenciada por las circunstancias políticas y sociales.
     Simultáneamente con el despertar a la fecunda imaginería de la mitología griega, arraigó en mí la pasión por el teatro. Y, entre las muchas obras adquiridas en ferias de segunda mano, dio la casualidad de que una de ellas fuera un volumen con las siete tragedias de Sófocles: Edipo apostando por la verdad incluso contra sí mismo, la ambigua y desgarrada locura de amor de Deyanira, el compromiso de Antígona, el desvarío de Ayax y su grandeza en el suicidio. La profunda verdad de estos personajes liberaba las estrechas ataduras de una moral religiosa impuesta por la fuerza.
    También como el que no quiere la cosa, una lectura circunstancial del Banquete de Platón afianzó mi propia identidad en el complejo entramado de la adolescencia. No pasaría mucho tiempo antes de que un vendedor ambulante endosara a mis padres una colección de obras maestras de la literatura universal. Casi todas ellas eran novelas juveniles que no hicieron mella alguna en mi temperamento. Sin embargo, en medio de todas, la historia de aquel guerrero que, enfurruñado contra Agamenón por un agravio, decide retirarse de la lucha y sólo volverá a tomar las armas para vengar la muerte de su amigo y compañero, con toda la crueldad de la desesperación, me reveló el camino hacia una madurez desnuda de mojigaterías moralizantes. Allí descubriría héroes auténticos, que aman y lloran, frente a un mundo, el mío, en el que los hombres entonces no lloraban; héroes capaces de unir sus lágrimas a las lágrimas de su enemigo, aceptando así, por encima de fronteras y creencias, la hermandad universal en el dolor y en las miserias de la existencia. Grecia era un país ideal, el país de una humanidad contradictoria e impetuosa, que absorbía la vida por todos los poros al tiempo que aceptaba con dignidad trágica el hecho incuestionable de la propia muerte.

          Entretanto, me había llegado la edad de elegir. Y opté por Letras, con latín y griego en lugar de física y matemáticas. Aquel griego, sin embargo, más allá de esa hermosa grafía, mucho más delicada que la latina, eran declinaciones y verbos polirrizos, de carrerilla, a golpe de palmeta. Todo lo más, la aburrida anécdota de unos soldados mercenarios en tierras pesas, quienes, derrotados, tienen que pasar diversas penalidades para regresar a casa bajo la dirección de un tal Jenofonte. De curso en curso, entre rosario y rosario, la misma cantilena una y otra vez, y así hasta acabar el colegio.
     En casa no pudieron costearme la estancia en Madrid para estudiar cine o teatro, así que me matriculé en Filología. El griego universitario siguieron siendo laringales, aoristos atemáticos, más Jenofonte, siempre Jenofonte, algo de Platón de vez en cuando, sintaxis del participio, indoeuropeo... En fin, una exploración arqueológica a las entrañas de una civilización y una lengua. Una momia dormida en las cenizas del pasado. Como si esa momia, hermosa e iridiscente, pudiera desvanecerse de ser sacada a la luz. No había forma de reavivar aquellos vestigios admirados, nunca vividos. Porque Grecia, efectivamente, había muerto en la batalla de Queronea. Esa era la versión oficial. El pueblo griego se había hecho el harakiri durante la larga decadencia helenística, que ni siquiera merecía una reseña. Con la ayuda del Bailly, desmenuzábamos el armazón de aquellas palabras muertas, dejando en aquellos análisis que el espíritu de la letra se agostara en el rancio aroma de lo exánime.
     ¿Dónde quedaba ese otro universo descubierto a lo largo de mi adolescencia como una fuente vital de conocimiento y experiencia? En el ámbito de lo personal, la antigua Hélade seguía siendo un referente incuestionable, ajeno a las obligaciones académicas. Al formas un grupo de teatro universitario, ¿qué obra iba a ser la elegida? ¿Qué mejor en aquel momento de tímida apertura democrática que un buen Aristófanes? Su saludable desvergüenza, la jacarandosa libertad de Las Asambleístas respondía con tanta naturalidad a nuestras ansias de respirar un aire más puro, menos acartonado, menos represivo. La textura de la propia obra nos invitaba a una libertad creativa que nos hizo transformarla en un ambicioso musical, tan ambicioso que nunca pudo pasar de proyecto. Sí, aunque muerta, Grecia seguía mostrándome caminos nuevos para transitar el día a día.
     La lectura de Lawrence Durrell y de Marguerite Yourcenar me brindó la oportunidad de conocer a Kavafis a través de sus ojos sin prejuicios. En mi última adolescencia, las palabras del poeta, palabras de amores sin nombre y de antiguos imperios desmoronándose, limpiaron de telarañas los sótanos de mi conciencia. Pero Kavafis, vislumbrado a través de otras culturas europeas, era una isla aislada no sólo en la Alejandría moderna sino también en medio de una Grecia que, para gran parte de Occidente, había muerto allá por el trescientos y pico antes de Cristo.
     Y al obtener la licenciatura, bien aconsejado por uno de mis profesores que más respeto y afecto me han merecido, el Dr. José Luis Calvo, el único que me dio la oportunidad de trabajar los textos de Sófocles y de Homero como un auténtico humanista, el mismo que me ofreció la dicha de conocer el epigrama helenístico y la belleza inigualable y terrenal de Teócrito en trabajos de postgrado, me enfrasqué en el hermetismo de preparar oposiciones a instituto. Entre tema y tema, llegó a mis oídos que había recalado por allí un griego auténtico, un griego actual, que impartía clases de griego moderno en la facultad. Luego eso quería decir que Grecia existía, seguía existiendo. ¿Qué era eso? ¿Había renacido? ¿Había resurgido de la nada? El interés que despertó en mí la noticia sólo es comparable al anuncio de que la persona amada está al otro lado de la puerta.
     Demasiado tardo, sin embargo. Pues ya preparaba yo las maletas para marchar unos años por tierras de Almería como profesor de griego antiguo, una de las dos lenguas muertas del currículum, unos años en los que, alejado de círculos académicos, siempre con mi Teócrito bajo el brazo, iba a aprender eso tan complejo que es enseñar, iba a aprender a ser hombre.
     Y de un pueblo almeriense pegué el salto a Madrid, donde cumplí el viejo sueño de estudiar cámara cinematográfica e interpretación escénica. Circunstancias de la vida, tanto el teatro como el griego seguían circunscritos exclusivamente a mi ámbito laboral. Pero, mira por dónde, un día llega al instituto información sobre un curso para profesores, esos cursillos rutinarios que te ves en la obligación de realizar para que te reconozcan cada sexenio, pero éste era un cursillo de iniciación al griego moderno. Acudí nervioso, anhelante, como un párvulo el primer día de colegio. Y allí encontré a una mujer excepcional, Penélope, que desde entonces ha sido una segunda madre no sólo para mí, porque si la primera madre me dio la leche de la vida, ella nos ha dado la leche nutricia de una pasión intelectual ilimitada.
     Penélope jamás nos habló de aoristos atemáticos ni de laringales. Nos dijo:  Γειά σας. Μιλάμε μόνο ελληνικά, así directamente. Directamente, sin preámbulos, la lengua que durante tanto tiempo se habían empeñado en enterrar hablaba la cotidianidad del mundo en boca de mi maestras; cantaba por boca de Elefthería Arvanitaki un desolado μένω εκτώς como voz universal del exilio; traducía al idioma de Orfeo la terrible belleza del Αρνηση de Seferis, en boca de Nena Venetsanou; se deleitaba en los acentos luminosos de un poema de Elytis. La generosa entrega de Penélope, su pasión por la cultura nos arrastraba a una odisea vital en la que resultó apasionante embarcarse.
     Ella hizo de este recinto universitario un segundo hogar, porque si en el hogar personal es donde tomamos el alimento físico, aquí, bajo los techos de la Complutense, compartimos ese otro alimento tan o más necesario. Bajo su guía infatigable, descubríamos que la antigua golondrina que acompañaba a los niños de Rodas en su cuestación de primavera sigue revoloteando en la lírica popular neogriega, que los hermosos coros danzantes de la antigua cerámica ateniense siguen moviéndose con extática serenidad en el rico folclore contemporáneo, que la mirada fragmentaria y temporal del cineasta Angelopoulos tiene su correlato en el forjador de la nueva lengua literaria helénica, Solomós, que el exilio interior de Ulises perdura en el exilio existencial de Seferis, que la culpa de Orestes es la culpa de toda nuestra sociedad contemporánea según La cuarta dimensión de Ritsos, que las raíces de la Grecia contemporánea son profundas y de ellas se nutre y se renueva una lengua que es lengua viva. No, no ha habido hiato, si acaso olvido, olvido interesado, como todos los olvidos impuestos por la sinrazón de los dueños de la razón.
     Fruto de aquel apasionado descubrimiento, fueron surgiendo, con más tesón y voluntad que medios, primero unos cuadernillos que recogiesen y divulgasen ese tesoro de la humanidad, unos cuadernillos que nos acercasen esa Grecia a la que, por razones históricas o socioculturales, tradicionalmente hemos dado la espalda. ¿Cómo iban a llamarse esos cuadernillos sino Más cerca de Grecia, Πιό κοντά στην Ελλάδα?
     Y lo que comenzaron siendo humildes fascículos fotocopiados, pronto fueron creciendo hasta convertirse en una auténtica revista universitaria y posteriormente números monográficos de considerable extensión. La incansable entrega de Penélope, su afectuoso compañerismo incluso cuando se ponía el tricornio, su voluntad para vencer las dificultades nos hacían dar lo mejor de nosotros de manera incondicional. El trabajo era duro; la satisfacción personal, proporcional a la energía y al entusiasmo empleados.
     El último tomo en ver la luz, este Πιό κοντά στην Ελλάδα que hoy nos congrega, el que hace el número 20, compendia ese trabajo desinteresado al que ha sabido arrastrarnos a tantos de sus amigos y compañeros.


     Pero el amor de Penélope a su propia cultura no podía detenerse ahí. Había que acercar aún más ese universo vivo en cuya voz resuena el timbre de un mundo más humano. Un día decidió subirnos al escenario, a este mismo atril de la Complutense, para encarnar los versos más hermosos de la literatura griega contemporánea. Poseídos por la locura poética, nos esforzamos en un ejercicio de humilde hermenéutica de esos mismos autores en los que íbamos trabajando. Pero también se nos quedaba igualmente corto, queríamos ir más allá. ¿Por qué no poner música a esas voces únicas de la poesía neohelénica, tal como las habían imaginado compositores como Jatzidakis, Theodorakis, Markópoulos, Mikroútsikos, y un largo etcétera?
     Esa fusión de recital poético y musical comenzó igual que la revista, con medios modestos y más empeño que pericia. Pero poco a poco se nos fueron uniendo amigos igualmente enamorados de la cultura griega, amigos con conocimientos musicales cada vez más amplios, que nos dieron la oportunidad de acometer empresas cada vez más audaces, quizás temerarias.
     El trabajo fue duro, no exento de conflictos lógicos en todo proceso creativo, trabajo en armonía a veces, otras acendrado por la tensión de dar voz a la expresión personal, pero siempre auspiciado, impulsado y amamantado por la generosa perseverancia de Penélope.
     Y, de este modo, corría el centenario del nacimiento de Lorca y el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, traducido por Gatsos y puesto en música por Xarhakos, arrastró su voz herida, peldaño a peldaño, entre las mismas butacas de este aula magna. Luego forzaríamos nuestros modestos recursos para alzar, en esta misma sala, esa filigrana arquitectónica de poesía y música que es el Αξιον εστί de Elytis, orquestado por Theodorakis. Puede que con ingenua osadía, intentamos fundir en un todo el poema dramático de Sikelianós El ditirambo de la rosa con La liturgia de Orfeo, del compositor griego Yannis Markópoulos; fue hermoso, la antigua lira del cantor tracio revivía para traernos, con la fragancia de una rosa, el sentido último de la vida, trascendida por el conocimiento de la muerte. En homenaje a Seferis, de nuevo la música de Theodorakis dio aliento a sus palabras sencillas y profundas. Karyotakis nos ofreció el sarcasmo para enfrentarnos a la terrible conciencia de la muerte y a la estupidez humana. Tampoco faltó Ritsos a nuestra cita. Dos monólogos de su libro La cuarta dimensión, Orestes y Ayax, buscaron en la música el hilo conductor de ese laberinto verbal donde habita el minotauro que todos llevamos dentro.
     Poesía y música, en respetuoso y feliz maridaje, nos han dado la oportunidad de respirar aquí mismo, por unos momentos, ese aire marino de cuyas entrañas brotó la isla de Elytis y la Afrodita resurgente de Seferis.
     
     Pocos trabajos me han hecho más feliz, y más consciente del valor de una cultura viva. Y no exagero si digo que todos hemos ganado en afecto, humanismo y sabiduría de la mano de esta magnífica mujer, maestra y amiga, a la que sólo puedo decir, con el corazón en la mano:

     Ευχαριστώ, Πόπη. Πολλά φιλάκια και τήν αγάπη μας, γιά πάντα.