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viernes, 12 de julio de 2013

CORTAD LA LENGUA A FILOMELA

Secuencia en la que un policía dispara gases lacrimógenos contra una mujer en la Plaza Taksim. REUTERS
Secuencia en la que un policía dispara gases lacrimógenos contra una mujer en la  Plaza Taksim. REUTERS



   Las bodas de la princesa Procne y del tracio Tereo fueron una cuestión de Estado, el sello de una alianza entre poderosos.


   El padre de la novia, Pandión, rey de Atenas, provocó una guerra absurda con el vecino rey tebano, Lábdaco. La incompetencia de uno y otro para resolver un simple conflicto fronterizo por vía diplomática, la desmedida ambición de ambos sumieron a sus respectivos pueblos en una guerra suicida. Atenienses y tebanos se vieron arrastrados a las armas. El equilibrio de fuerzas extremaba la crueldad de la contienda, convirtiéndola en una sangrienta carnicería. Lábdaco y Pandión apuntalaban sus respectivas coronas sobre un túmulo de cadáveres que de día en día iba en aumento, condenando a sus súbditos a un sufrimiento inútil, impotente.

   Lábdaco era antojadizo y voluble, supersticioso e inseguro. Incluso dudaba de la legitimidad de sus propias reclamaciones territoriales. Pero echar marcha atrás ¿no supondría una muestra de debilidad? ¿No buscaban precisamente su derrocamiento y ruina aquellos consejeros que invocaban prudencia y un pacto de honor con el enemigo? Sus aprensiones y su enfermiza desconfianza hacia todo y hacia todos lo inducían a sospechar de cualquier consejo, a rechazar cualquier alternativa, a condenar como traición el más simple cuestionamiento de sus improvisadas decisiones. Intuyendo enemigos y confabulaciones hasta debajo de las piedras, creía ver la mano de la intriga en los gritos de dolor de huérfanos y viudas, negándose a poner fin mediante acuerdos a la barbarie bélica, mientras los ciudadanos, desesperados, veían caer bajo las armas a sus mejores hombres, flores de juventud segadas por el aliento frío de la guerra. Veían sus cosechas arrasadas por el fuego enemigo, el presente arruinado, el futuro comprometido por la insaciable voracidad de los poderosos.

   Pandión sabía que la fuerza armamentística ateniense, frente al poderoso aparato militar tebano, no lograría compensar su inferioridad numérica. Pero no iba a permitir que se cuestionara su hegemonía en la zona y arrostró la contienda más por soberbia que por los hipotéticos beneficios que el pobre trozo de tierra reclamado pudiera reportar a la ciudad. Tras semanas de combates, las posiciones se mantenían estables entre ambas monarquías en pugna, a costa de las innumerables víctimas que de día en día se iban multiplicando, miserablemente sacrificadas en el altar de la ambición personal.




   Cuando he aquí que, por la corte ateniense, pasó en comitiva el joven príncipe tracio Tereo, tan hermoso y corpulento como el propio Ares, el brutal dios de la guerra. Tracia era una región semisalvaje, de costumbres ancestrales y sanguinarias, de hombres rudos e irreflexivos, hechos a una obediencia ciega, inhumana, cubiertos con pieles de animales, allá en los bosques de las frías regiones del norte. A cambio de apoyo militar, en su aspiración al trono de Tracia, Tereo ofreció a Pandión el concurso de sus sanguinarios soldados para imponer un giro radical a la contienda entre el soberano ateniense y Lábdaco, rey de Tebas. Con tales refuerzos, la derrota tebana fue incontestable; la claudicación del monarca enemigo, deshonrosa; las condiciones de la rendición, humillantes. Pandión exultó victorioso con el boato de un dios olímpico. Le convenía la alianza con el príncipe semibárbaro. Su fuerza de choque podría ser en el futuro un aval para su propio estatus soberano y sus secretas aspiraciones expansionistas. No dudó en entregarle a su hija Procne en calidad de esposa, como sello y garantía de un pacto entre poderosos.


   Y allá que marchó la joven Procne, víctima de unas nupcias concertadas sin su concurso, instrumento de la ambición masculina, a aquellas regiones de duros hielos en invierno, abrasadores mediodías en verano y furiosos vientos otoñales, de amaneceres fríos y brumosos y crepúsculos húmedos e inquietantes, tierra de guerreros que nada sabían de sensibilidad ni de delicadeza, menos aún de los dones de la cultura, lejos de sus doncellas y amigas, lejos, sobre todo, de su hermana y confidente, la dulce Filomela.


   Ni las evocadoras melodías de los flautistas atenienses que la acompañaron hasta el gélido norte ni la propia maternidad lograban arrancar a Procne de su melancolía ensimismada, que poco a poco iba envenenando su ánimo y consumiendo sus energías. El interés de su esposo por favoritas, de continuo renovadas, y su pasión por intrigas que afianzasen su hegemonía tampoco ayudaban a Procne a aliviar los rigores de la soledad. Incómodo con los suspiros y el demacrado semblante de su mujer, el propio Tereo se ofreció a fletar y dirigir en persona una expedición a Atenas para traer en comitiva a la princesa Filomela, como consuelo y compañía para su hermana Procne.


   Entretanto, la desgarbada adolescente que Tereo conoció en otro tiempo bajo los cielos color violeta del Ática se había convertido en una joven de deslumbrante belleza y encantadora espontaneidad. El anuncio del viaje para reunirse con su hermana Procne encendió su rostro de entusiasmo, iluminó su mirada con límpidos destellos.
   
   Qué hermosa se la veía en cubierta, surcando las aguas del Egeo, en ruta hacia la misteriosa Tracia. La brisa del mar adhería los finos ropajes a su cuerpo, moldeando las formas divinas de la juventud. Desde la proa, Filomela auscultaba en las brumas del horizonte la bienvenida de su añorada hermana. Tereo, a sus espaldas, sólo tenía ojos para la adorable cuñada. No veía en ella un familiar a quien proteger, veía el fruto prohibido. Tres veces le insinuó su imperioso apetito, otras tantas rió Filomela, tomándolo a broma y galantería. El júbilo por el inminente reencuentro le empañaba los ojos para reconocer en las atenciones del hombre la lascivia irracional del macho.

   Arribaron a Tracia un amanecer anubarrado y ventoso. Desde la bocana del puerto, Filomela buscaba a su hermana entre el rutinario ajetreo de marineros y estibadores, sin comprender que una mujer casada debe permanecer en el interior de sus habitaciones, no dejarse ver por otros ojos que los de su hombre. Preguntó a Tereo en cuál de aquellas rústicas construcciones que enmarcaban el fondeadero vivía su hermana. El soberano soltó una carcajada antes de responderle que el palacio distaba un día de camino y su magnificencia no admitía comparación con ninguna de aquellas miserables casuchas.

   La candidez de Filomela la hacía aún más irresistible al apasionado celo del rey tracio. Tereo miraba a la muchacha y sentía una sed abrasadora que todas las nieves del Olimpo no podrían calmar. Sentía su cuerpo sacudido por un terremoto volcánico. Quedaban pocas horas antes de que las hermanas se reunieran. Entonces le sería más complicado satisfacer su imperioso apetito. Ordenó a sus hombres que partieran hacia la ciudadela a toda marcha, para anunciar su llegada y organizar los preparativos del recibimiento. Él iría detrás, compartiendo montura con la joven, más despacio para no causar incomodidades a cuerpo tan delicado. Filomela protestó, impaciente por reunirse con su hermana. Tereo escuchó sus protestas como canto de ruiseñor, encandilado pero renuente.

   Juntos cabalgaron sobre un mismo corcel por caminos solitarios. El aliento de la muchacha era un veneno al rojo derramándose por las recias espaldas masculinas. Le decía que se agarrara a él, nos fuese a caer de la montura. Y ella se reía como de una broma. Aquella risa repercutía en los vehementes latidos de la carne, haciéndole perder el entendimiento. Tereo deseaba a su cuñada y, más habituado a dar órdenes que a hacerse amar y respetar, sufría aquel deseo imposible de satisfacer.

   Al adentrarse en una garganta aislada y poco transitada, entre rocas y gruesos troncos de pinos, frenó el caballo y descabalgó de un brinco. Le ordenó a Filomela que hiciese lo mismo, para descansar un rato y beber agua de un pequeño manantial entre arbustos. Ella, impaciente por llegar cuanto antes, protestó diciendo que no estaba cansada. Pero él desoyó sus protestas. Estaba irascible, contra sí mismo y contra su hermosa cuñada, con una ira que violentaba sus pensamientos.

   Agarrándola de un brazo, Tereo la derribó de la cabalgadura. La veía por el suelo, desconcertada, más apetecible que nunca. Se le echó encima, sin dar ocasión a que ella reaccionara. Le desgarró las ropas. Mordió sus pechos. Cerró los gritos de Filomela con su propia boca, ávida de aquella otra, de su saliva, de su aliento. La penetró con salvajes acometidas, fuera de sí, rabioso como una maldición de la naturaleza. Sólo cuando su apetito se hubo saciado, vio en los ojos de Filomela el espanto, la vergüenza, el terror. Pero no sentía remordimiento. Aquel cuerpo sucio, rasguñado, sudoroso, ahora le daba asco.



Violación de Filomela por Tereo,  libro VI, lámina 59. Grabado de Bauer para una edición de 1703 de  Las Metamorfosis de Ovidio


   Con su propia espada, cortó la lengua a la víctima, para que nunca pudiera hablar, borrando así su culpa. Echó aquel cuerpo maltrecho igual que un fardo sobre el caballo y siguió camino hasta unos establos reales, bien lejos de palacio, donde la abandonó como esclava muda, al servicio de su propia intendencia palaciega. Tereo se presentó ante su esposa con las ropas rotas y ensangrentadas de Filomela, atacada por una fiera del monte y públicamente honrada con solemnes pompas fúnebres.

   Pero Filomela, privada del don de la palabra, no se resignó. En el silencio de la noche, fue bordando pacientemente toda su tragedia en un manto; de modo que, al llegar el tiempo de las ofrendas primaverales, cuando la vida se regenera y la naturaleza exalta la fecundidad de la belleza, pudo enviar a palacio, como regalo para su soberana, aquella denuncia pública de la violación de que había sido víctima.
     
   Procne, que había perdido toda ilusión y toda esperanza desde el sepelio de su hermana, reconoció inmediatamente a la autora de aquel bordado. Nadie sabía conferir aquel acabado al dibujo, combinar los colores con tal audacia, expresar con figuras lo que las palabras difícilmente son capaces de revelar en todos sus matices. Procne reconoció en aquella horrible estampa la verdad de la denuncia. Indagó por su cuenta entre los portadores de tal presente. Así supo el paradero de la artífice y las extrañas circunstancias de su existencia. Allí que fue en secreto a reunirse con Filomela. El reencuentro fue tan feliz como doloroso.

   Los cálculos de Tereo para dejar sin voz a Filomela habían fallado. La muchacha había sabido hacerse oír por medios diferentes al que le había sido arrebatado. Ante la omnipotente autoridad del soberano, sin el recurso a la justicia, Procne y Filomela recurrieron a la venganza, al crimen. La arbitrariedad todopoderosa, como el sueño de la razón, engendra monstruos.

   Entre las dos mujeres mataron al hijo de Tereo. ¿Su propia madre?, ¿su tía? Por aquel entonces, los hijos eran considerados obra exclusiva del padre, la madre simple instrumento, tierra donde se depositó la semilla. Una vez troceado y cocinado, lo ofrecieron como manjar al propio Tereo. Cuando éste, satisfecho de su impune supremacía, supo lo que en realidad estaba comiendo, persiguió en el paroxismo de la ira a las dos hermanas, con la intención de matarlas con sus propias manos. Y lo habría hecho, si la oportuna intervención del padre Zeus no hubiese convertido a Procne en golondrina, a Filomela en ruiseñor, eterno cantor de la inocencia mancillada, y a Tereo en vanidosa abubilla.


     Hoy día, desde que la voraz garra neoliberal ha entrado en lucha total y omnímoda por un poder absoluto, con la excusa de una crisis prefabricada, a costa de la totalidad de la población, humillada, violada y deprimida, ésa ha sido la consigna recurrente contra cada voz que intenta hacer de la verdad bandera: Cortad la lengua a Filomela.

   La represión por parte de las aves rapaces del poder adopta múltiples formas, pero todas con un mismo objetivo: sustituir la verdad por el falso silogismo, transformar la justicia en terrorismo institucional, hundirnos a la mayoría, sin voz y sin razones, en la miseria del desahuciado.





   Que los más débiles osan hacer suya la protesta, la voz de la justicia amenaza: Cortad la lengua a Filomela. Contra aquellos barrios donde la protesta adquiere una conciencia ciudadana, rápido: Cortad la lengua a Filomela. Cuando la voz de los sin voz comienza a hacerse un hueco en la conciencia general, ¿qué hacer? Cortad la lengua a Filomela. Cuando ya no quedan razones para la sinrazón del expolio, ¿cómo acallar el bramido del árbol talado? Cortad la lengua a Filomela. Un crimen mundial requiere una respuesta mundial: Cortad la lengua a Filomela. Frente a los testigos insidiosos de la ignominia: Cortad la lengua a Filomela. Qué molesto el fragor de los que no se resignan: Cortad la lengua a Filomela. Aunque la verdad no esté de nuestra parte, puesto que no está de nuestra parte: Cortad la lengua a Filomela. Incluso el color de la esperanza es hoy delictivo: Cortad la lengua a Filomela. Que nadie hable, que nadie diga, que quien nada tiene ya no tenga ni la dignidad de la palabra: Cortad la lengua a Filomela. Cuando la palabra se hace música y la música se desnuda del fasto de los escenarios y de la complacencia del auditorio para hacerse trueno de los silenciados: Cortad la lengua a Filomela. Quien ose contradecir las imposturas, ya lo sabe: Cortad la lengua a Filomela. Y, si la razón no es capaz de darnos la razón a la sinrazón de nuestra rapacidad, no importa: Cortad la lengua a Filomela.

   Filomela sin voz, lengua cortada, ¿seremos capaces de bordar en el recio paño del día a día los nombres de la ignominia y los culpables del crimen? ¿O nos resignaremos a la servil sumisión muda en los arrabales del humillante festín de las rapaces?

   "Nuestra obligación moral es perder el miedo y rebelarnos contra el sistema" (Arcadi Oliveres).