sábado, 23 de marzo de 2013

PROHIBIDO HONRAR A TUS MUERTOS, ANTÍGONA

PROHIBIDO honrar a tus muertos, Antígona

     Es de sobra conocido cómo el buen Edipo, juicioso y recto dirigente de la ciudad de Tebas, acabó cayendo en el monstruoso destino que le había vaticinado el oráculo de Delfos al intentar huir precisamente de él. Sí, acabó matando a su propio padre cuando éste, de forma anónima, con autoritarismo excluyente, pretendía cerrarle el paso. Acabó casándose con su propia madre, sin saber que lo era, como premio por haber librado a la ciudad de Tebas de la amenaza de la Esfinge. Con ello, se hizo legítimo detentador del trono y ejerció una realeza siempre basada en la justicia y la concordia. Pero lo que nace de un crimen, aunque aspire a lo mejor, lleva ya en sí la gangrena de la corrupción. Y esa corrupción terminó socavando el bienestar de una ciudad que, bajo la prudencia y la ecuanimidad de Edipo, había vivido hasta entonces días de feliz convivencia. Cuando el mal se declaró, fue el propio rey quien insistió en descubrir sus causas, cayera quien cayera. Y, al averiguar que la raíz del mal estaba en él mismo, no dudó en arrancarse los ojos que no habían sabido ver la verdad y abandonar el trono y exiliarse. De sus cuatro hijos, sólo Antígona lo acompañó al exilio. Curioso, ¿no? Estas cosas sólo pasaban en el mundo antiguo. Hoy nos hemos vuelto más remolones con nuestras propias responsabilidades.
     Los dos hijos varones de Edipo no tenían la entereza ética del padre. Etéocles y Polinices eran ambiciosos, los dos tenían ansias de poder, entendían el trono como una catapulta de promoción personal. Consideraban a los habitantes de Tebas no ya como ciudadanos sino como súbditos. Para evitar guerras intestinas, llegaron  a un pacto: ejercer el poder durante un año cada uno, exiliándose el otro durante ese período para no interferir. Curioso paralelismo con las democracias modernas que, sin pactos explícitos, van alternando las dos cabezas de la hidra de un mismo poder que sigue considerando súbditos a sus conciudadanos. El caso es que, pasado un año de gobierno de Etéocles, Polinices reclamó el trono, pero es difícil renunciar al cetro y el hermano se negó a devolvérselo. Viviendo como vivían de espaldas a su pueblo, ninguno de los dos hermanos dudó en llevarlo a una guerra fratricida. La ciudad vivió bajo el terror, vivió bajo una guerra que trocaba la vida en muerte. Y muerte fue lo que encontraron ambos hermanos ante las murallas de Tebas.
     El tío de ambos, Creonte, asumió el trono y, para restablecer el orden en aquella ciudad herida por la avaricia de poder, impuso un régimen autoritario, impuso el silencio, la sumisión. ¿Te suena de algo? Con arbitrariedad partidista, declaró a Etéocles héroe patriótico y a Polinices, traidor y culpable. Amenazó con la cárcel a quien contradijera la versión oficial. Amenazó con el exilio a quien se enfrentara a sus dictados salvadores. Amenazó con la muerte a quien diera sepultura a Polinices, culpable de intentar restablecer la legitimidad con la violencia. ¿Te suena de algo? Sólo Antígona osó desafiar el poder totalitario de su tío y dar a este hermano las honras fúnebres que le eran negadas, mientras se las prodigaba al otro hermano, Etéocles. Con ello se hizo culpable ante las leyes de Creonte y éste no dudó en dejar caer sobre ella todo el peso de sus dictados con intransigencia extrema.

fotografía de Juan Luis Jaén, aparecida en Madridiario.es

    Hoy, cuando vivimos una crisis social extrema que está poniendo a prueba la capacidad de nuestros gobernantes y de las estructuras de poder para buscar soluciones dentro del marco de la legitimidad y la justicia, las Naves del Español del Matadero, en Madrid, nos han vuelto a mostrar la pervivencia de estos mitos antiguos, poniendo en escena un montaje de Antígona, pero no la brillante tragedia de Sófocles, sino la actualización que de ella llevó a cabo el dramaturgo francés Jean Anouilh.
    ¿Nos atreveremos nosotros también a honrar a nuestros propios muertos?


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