domingo, 24 de marzo de 2013

La mirada de Orfeo

    

   Orfeo era el músico y cantor por excelencia. Cuando tocaba la lira, se dice que todos quedaban embelesados por el poder de sus armonías. En las personas alentaba lo mejor de sí, la naturaleza a su alrededor florecía, aplacaba la salvaje ferocidad de las fieras, incluso despertaba en las piedras el aliento de la vida.

foto: G. Dall'Orto, tomada de wikipedia



     Eurídice fue su gran amor y su tragedia. Al morir ella, perdió todo deseo de vida y no dudó en descender a las regiones de las sombras para rescatarla del olvido de ultratumba. Se nos dice que, con su música, logró  convencer al soberano de los muertos, Hades, para que le concediera una segunda oportunidad. Sí, Eurídice volvería a la vida, pero con una condición: Orfeo no podría mirar a la cara a su amada ni hablarle en tanto no hubiesen abandonado el mundo de los muertos.

   Imaginemos el gozo de la mujer al recuperar el aliento vital y, con él, a su amado Orfeo. Imaginemos la confusión que le provocaría el silencio del hombre, su negativa a mirarla. Imaginemos el desencanto, la imperiosa necesidad de una explicación. Tantos fueron sus ruegos que, a punto ya de abandonar las regiones infernales, Orfeo no pudo resistir más la impotencia y, con un gesto impaciente, alcanzó a mirarla de reojo. Suficiente para que, incumplida la condición impuesta por Hades, Eurídice volviera definitivamente a los brazos de la muerte.
     El significado de esa condición impuesta y de esa última mirada de Orfeo a su amor ha intrigado y conmovido a todas las generaciones. A diferencia de otras mitologías y otras religiones, que imponen una visión concreta y ejemplar del mundo de la muerte, la antigua mitología griega optaba por símbolos abiertos a una interpretación personal. ¿Por qué, sabiendo lo que sabía, Orfeo miró a Eurídice? ¿Debilidad? ¿Impaciencia? ¿Transgresión? ¿El límite ineludible de la condición humana? ¿Qué representa esa última mirada que condenaba definitivamente a su amor, perdido más allá de la muerte?
     Múltiples respuestas han sido dadas a ese interrogante, desde el cinismo misógino de Quevedo hasta la visión ontológica del poeta austrohúngaro Rainer Maria Kilke, pasando por la metafórica interpretación del artista y la juventud del dramaturgo francés Jean Anouilh o el vitalismo social del cineasta francés Marcel Camus. Si, para el poeta renacentista Poliziano, Orfeo suponía el triunfo de la muerte sobre el amor, Monteverdi introdujo en su ópera homónima un final feliz que proclamaba lo contrario, el triunfo del amor sobre la muerte. Amor y muerte son los límites dialécticos de esa última mirada.
     TVE realizó una serie de dramatizaciones de antiguos mitos griegos, entre los que existe una interesante versión del mito de Orfeo. ¿Qué significado aporta al desenlace fatal de esta antigua historia?

     

sábado, 23 de marzo de 2013

PROHIBIDO HONRAR A TUS MUERTOS, ANTÍGONA

PROHIBIDO honrar a tus muertos, Antígona

     Es de sobra conocido cómo el buen Edipo, juicioso y recto dirigente de la ciudad de Tebas, acabó cayendo en el monstruoso destino que le había vaticinado el oráculo de Delfos al intentar huir precisamente de él. Sí, acabó matando a su propio padre cuando éste, de forma anónima, con autoritarismo excluyente, pretendía cerrarle el paso. Acabó casándose con su propia madre, sin saber que lo era, como premio por haber librado a la ciudad de Tebas de la amenaza de la Esfinge. Con ello, se hizo legítimo detentador del trono y ejerció una realeza siempre basada en la justicia y la concordia. Pero lo que nace de un crimen, aunque aspire a lo mejor, lleva ya en sí la gangrena de la corrupción. Y esa corrupción terminó socavando el bienestar de una ciudad que, bajo la prudencia y la ecuanimidad de Edipo, había vivido hasta entonces días de feliz convivencia. Cuando el mal se declaró, fue el propio rey quien insistió en descubrir sus causas, cayera quien cayera. Y, al averiguar que la raíz del mal estaba en él mismo, no dudó en arrancarse los ojos que no habían sabido ver la verdad y abandonar el trono y exiliarse. De sus cuatro hijos, sólo Antígona lo acompañó al exilio. Curioso, ¿no? Estas cosas sólo pasaban en el mundo antiguo. Hoy nos hemos vuelto más remolones con nuestras propias responsabilidades.
     Los dos hijos varones de Edipo no tenían la entereza ética del padre. Etéocles y Polinices eran ambiciosos, los dos tenían ansias de poder, entendían el trono como una catapulta de promoción personal. Consideraban a los habitantes de Tebas no ya como ciudadanos sino como súbditos. Para evitar guerras intestinas, llegaron  a un pacto: ejercer el poder durante un año cada uno, exiliándose el otro durante ese período para no interferir. Curioso paralelismo con las democracias modernas que, sin pactos explícitos, van alternando las dos cabezas de la hidra de un mismo poder que sigue considerando súbditos a sus conciudadanos. El caso es que, pasado un año de gobierno de Etéocles, Polinices reclamó el trono, pero es difícil renunciar al cetro y el hermano se negó a devolvérselo. Viviendo como vivían de espaldas a su pueblo, ninguno de los dos hermanos dudó en llevarlo a una guerra fratricida. La ciudad vivió bajo el terror, vivió bajo una guerra que trocaba la vida en muerte. Y muerte fue lo que encontraron ambos hermanos ante las murallas de Tebas.
     El tío de ambos, Creonte, asumió el trono y, para restablecer el orden en aquella ciudad herida por la avaricia de poder, impuso un régimen autoritario, impuso el silencio, la sumisión. ¿Te suena de algo? Con arbitrariedad partidista, declaró a Etéocles héroe patriótico y a Polinices, traidor y culpable. Amenazó con la cárcel a quien contradijera la versión oficial. Amenazó con el exilio a quien se enfrentara a sus dictados salvadores. Amenazó con la muerte a quien diera sepultura a Polinices, culpable de intentar restablecer la legitimidad con la violencia. ¿Te suena de algo? Sólo Antígona osó desafiar el poder totalitario de su tío y dar a este hermano las honras fúnebres que le eran negadas, mientras se las prodigaba al otro hermano, Etéocles. Con ello se hizo culpable ante las leyes de Creonte y éste no dudó en dejar caer sobre ella todo el peso de sus dictados con intransigencia extrema.

fotografía de Juan Luis Jaén, aparecida en Madridiario.es

    Hoy, cuando vivimos una crisis social extrema que está poniendo a prueba la capacidad de nuestros gobernantes y de las estructuras de poder para buscar soluciones dentro del marco de la legitimidad y la justicia, las Naves del Español del Matadero, en Madrid, nos han vuelto a mostrar la pervivencia de estos mitos antiguos, poniendo en escena un montaje de Antígona, pero no la brillante tragedia de Sófocles, sino la actualización que de ella llevó a cabo el dramaturgo francés Jean Anouilh.
    ¿Nos atreveremos nosotros también a honrar a nuestros propios muertos?


miércoles, 20 de marzo de 2013

¿Han muerto los antiguos dioses griegos?

Los dioses han muerto, proclamó la Sibila. Los mitos han muerto, son lujos anacrónicos en un mundo globalizado y mercantil, proclaman los que quieren hacer de la educación un instrumento de creación de obra de mano barata, irreflexiva y sumisa.
Y a primera vista, obnubilados con el brillo vano de la caja tonta y de la infinidad de inútiles productos que la publicidad nos hace imprescindibles, ¿quién se acuerda de los héroes troyanos o de aquel Saturno que se tragaba a sus propios hijos vivos, o de aquella joven Afrodita que nació cuando los testículos cercenados del dios del cielo fecundaron la espuma del mar? ¿Quién se acuerda de aquella loca de amor, Medea, asesina de sus propios hijos? ¿Quién se acuerda de aquel soberano arrogante y facineroso que emprendió una guerra contra una gran civilización para vengar el rapto de su esposa?
Sí, es cierto. De vez en cuando, la factoría de sueños de Hollywood nos edulcora una de aquellas terribles leyendas y nos la sirve como producto de fácil consumo, simple evasión de usar y tirar.
¿Eso es todo?
Si mantenemos el ojo limpio de prejuicios y el oído atento a los matices de la vida, comprobaremos que Apolo, Dionisos, Poseidón, Aquiles, Heracles, todos ellos viven entre nosotros, bajo diferentes ropajes, bajo apariencias cambiantes, para poner un punto de interrogación en nuestras convicciones y en nuestros sentimientos, para obligarnos a replantearnos a nosotros mismos y el mundo en que vivimos.